Cuando el coach también se cansa (y qué hacer con eso)

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«Esperar que podamos estar inmersos cada día en el sufrimiento y la pérdida sin que nos afecte es tan poco realista como esperar caminar por el agua sin mojarnos.»

— Rachel Naomi Remen

Hay una pregunta que como coach escucho muy poco: ¿y tú cómo estás? Es lógico. Mi trabajo consiste precisamente en hacerla, no en responderla. Pero hay semanas que lo piden a gritos. Una retrospectiva tensa el lunes, un equipo con un conflicto que lleva tiempo enquistado, una conversación uno a uno en la que alguien te cuenta que está al límite. Y entre medias, todo lo demás: los informes que hay que entregar, el taller que hay que preparar, la reunión con dirección, los correos sin contestar, ese proyecto propio que lleva tres semanas esperando su hueco. Llega el viernes y tienes la cabeza llena de historias que no son tuyas y una lista de pendientes que sí lo son.

Ese cansancio casi nadie lo ve, porque parte del trabajo es precisamente que no se note. Y por eso mismo cuesta tanto hablar de él.

El cansancio que no sale en el calendario

Si miras la agenda de un coach, ves reuniones, sesiones y talleres. Lo que no ves es el trabajo que ocurre por dentro durante todas ellas: mantener la calma cuando la sala se calienta, no tomar partido cuando tienes tu propia opinión, sostener un silencio incómodo sin rellenarlo, escuchar con atención plena a la quinta persona del día igual que a la primera.

La socióloga Arlie Hochschild le puso nombre a esto en 1983, en su libro The Managed Heart: trabajo emocional. Lo definió como la gestión de los propios sentimientos para mostrar lo que el trabajo requiere. Ella estudiaba a auxiliares de vuelo, pero la idea encaja de lleno en cualquier rol que acompaña a otras personas. Regular lo que sientes para que el otro pueda pensar con claridad es trabajo, aunque no aparezca en ninguna tarea del tablero.

La doble carga: acompañar y, además, cumplir

Hay otra parte que tampoco se ve desde fuera: el coach también tiene su propio trabajo. Preparar dinámicas y formaciones, elaborar métricas e informes de seguimiento, alinear expectativas con responsables y dirección, mantener al día herramientas y documentación, sacar adelante iniciativas de mejora que nadie más va a empujar. Todo eso tiene plazos, entregables y personas esperando, exactamente igual que el trabajo de cualquier miembro del equipo. La diferencia es que se hace en los huecos que quedan entre conversación y conversación, y con la energía que queda después de haber sostenido a los demás.

Esa doble carga es la que más desgasta. No es solo estar disponible para los equipos, ni solo cumplir con tus responsabilidades. Es hacer las dos cosas a la vez, cambiando de registro varias veces al día: de escuchar a ejecutar, de acompañar a decidir, de la calma que pide una sesión difícil a la prisa que pide una entrega para mañana. Cada uno de esos cambios tiene un coste, y al final del día se suman.

Hace unos meses escribí sobre los roles invisibles que sostienen a los equipos. El del coach es uno de ellos. Y lo que sostiene, pesa, sobre todo cuando además tiene que cargar con lo suyo.

Cuidar también cuesta

En las profesiones de ayuda existe un concepto que me parece muy útil: la fatiga por compasión. El psicólogo Charles Figley la describió como el coste de cuidar, un agotamiento que no viene de un momento concreto, sino de la exposición repetida a la preocupación y el malestar de otras personas.

Quiero ser prudente con esto. El coaching no es terapia, y en nuestro trabajo no solemos enfrentarnos a lo que viven enfermeras, terapeutas o equipos de emergencias, que es donde más se ha estudiado. Pero el mecanismo se parece. Cuando tu trabajo es estar presente para los demás, día tras día, algo de lo que escuchas se queda contigo. Rachel Naomi Remen, médica, lo explica con la imagen de la cita que abre este post: no se puede caminar por el agua sin mojarse.

El problema no es mojarse. El problema es pensar que no deberíamos.

La trampa de tener que estar bien

Aquí está, para mí, la parte más difícil. Como coach, se supone que eres quien modela el ritmo sostenible, quien pregunta «¿cómo estáis?» al empezar, quien detecta las señales de desgaste en los demás. En julio escribí sobre productividad sostenible y sobre esas señales. Lo curioso es lo fácil que resulta verlas en un equipo y lo difícil que resulta verlas en una misma.

Admitir que estás cansada puede sentirse como fallar en tu propio rol. Si yo no estoy bien, ¿cómo voy a acompañar a nadie? Y con esa idea seguimos adelante, una sesión más, una retro más, un informe más a última hora porque durante el día no hubo manera. Lo primero que se sacrifica casi siempre es el trabajo propio, porque las personas no pueden esperar y los documentos sí. Hasta que los documentos tampoco pueden esperar, y entonces se hacen fuera de hora.

Las señales suelen ser sutiles. Escuchar en piloto automático. Notar impaciencia con preguntas que antes te despertaban curiosidad. Ver cómo la lista de pendientes propios crece semana tras semana sin que llegues a tocarla. Sentir ganas de dar la respuesta en lugar de esperar a que la otra persona la encuentre, justo lo contrario de lo que defendí hace poco al hablar del líder que no sabe preguntar. Cuando un coach empieza a dar respuestas, a veces no es por falta de técnica, es por falta de energía.

Qué hacer con eso

Lo primero es nombrarlo. Parece poco, pero es el paso que más cuesta. Hablé de ello en el post sobre autoconciencia: no se puede gestionar lo que no se reconoce. Decirte a ti misma «esta semana estoy agotada» ya cambia la forma en que te relacionas con la siguiente sesión y con la siguiente entrega.

Lo segundo es aplicarte tu propia medicina. El autocoaching consiste en hacerte las mismas preguntas que harías a un cliente. ¿Qué necesito ahora mismo? ¿Qué estoy sosteniendo que no me toca? ¿Qué podría soltar, delegar o aplazar esta semana?

Lo tercero, y quizá lo más importante, es no hacerlo sola. En el mundo del coaching profesional existe la supervisión, que la propia ICF define como una práctica de aprendizaje colaborativo para ampliar la capacidad del coach a través del diálogo reflexivo. Uno de los modelos más utilizados, el de Brigid Proctor, le atribuye tres funciones, y una de ellas es restaurativa: atender el impacto emocional del trabajo. Es decir, existe un espacio pensado precisamente para que quien acompaña también sea acompañado. Y si no tienes acceso a supervisión formal, una red de colegas con quienes hablar con honestidad cumple parte de esa función. Volver a sentarse en la silla de coachee, como conté hace años en mi primera experiencia como coachee, también recoloca muchas cosas.

Y lo cuarto es cuidar el espacio entre conversaciones y proteger el trabajo propio. No encadenar sesiones intensas sin pausa, reservar bloques en el calendario para tus responsabilidades igual que reservas las reuniones con los equipos, cerrar el día con un pequeño ritual que marque el final, dejar por escrito lo que te llevas para que no se quede dando vueltas en la cabeza. Son gestos pequeños, pero marcan la diferencia entre secarse un poco entre charco y charco o terminar la semana empapada.

Hay una última cosa que me parece importante decir en voz alta, porque no depende solo de cada coach. Las organizaciones que cuentan con coaches internos, Scrum Masters o facilitadores suelen pensar en cuántos equipos pueden acompañar, pero pocas veces en cuánto pueden sostener, y menos aún en todo lo que se les pide además de acompañar. No es lo mismo acompañar a tres equipos estables que a tres equipos en plena reorganización mientras preparas los informes del trimestre, aunque en el organigrama ocupe el mismo espacio. Hablar de carga emocional y de trabajo, igual que hablamos de capacidad en un sprint, debería formar parte de la conversación. Un coach agotado no deja de trabajar: sigue yendo a todas las reuniones y sigue entregando, pero con menos presencia, menos paciencia y menos curiosidad. Y eso, a la larga, lo notan los equipos aunque nadie sepa ponerle nombre.

Terminando…

Me gusta la imagen de Remen porque quita culpa. Cansarse no significa hacerlo mal. Significa que estás presente de verdad para los demás mientras sacas adelante lo tuyo, y eso tiene un coste. Lo que sí está en nuestra mano es no fingir que no nos mojamos y buscar dónde secarnos antes de volver a entrar en el agua.

Si acompañas a otras personas, ¿quién te acompaña a ti?

¡Feliz miércoles!

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