«Hasta cuando creemos estar ocultando algo, estamos comunicando.»
— Juan Manuel García, «Pincho»
Llevo un tiempo formándome en Comunicación No Verbal de la mano de Juan Manuel García, más conocido como Pincho: he hecho sus cursos, tengo su libro y le sigo en redes desde hace tiempo. Y si hay algo que me ha cambiado la forma de estar en una reunión, es esto: casi nunca nos damos cuenta de cuánto comunicamos sin abrir la boca. El tono con el que decimos algo, la postura que adoptamos mientras lo decimos, la mirada que sostenemos o esquivamos, todo eso llega antes que la palabra, y muchas veces la contradice.
Pincho, que fue guardia civil de la UCO, negociador de incidentes críticos y está certificado por Paul Ekman en microexpresiones, aprendió sinergología, la disciplina que desarrolló el francés Philippe Turchet para leer el lenguaje corporal de forma integrada: gestos, postura, microexpresiones, todo a la vez, no por separado. Uno de los conceptos que más repite es el de la congruencia: que lo que decimos y lo que hace el cuerpo mientras lo decimos vayan en la misma dirección. Cuando no coinciden, la otra persona no sabría explicar por qué, pero deja de confiar en el mensaje.
En el trabajo esto es determinante. Podemos tener el guión perfecto para dar un feedback, hacer una petición o poner un límite, y aun así que suene a queja, a orden o a excusa, simplemente porque el cuerpo está diciendo otra cosa.
Feedback sin que suene a ataque
Cuando doy feedback con los brazos cruzados, la mirada fija en la pantalla o el mentón tenso, el contenido de lo que digo pasa a un segundo plano. La otra persona reacciona antes a mi postura que a mis palabras, porque el cuerpo comunica de forma no consciente y llega primero. Un «esto no es un ataque personal» dicho con el cuerpo cerrado suena, precisamente, a ataque personal.
Lo que he aprendido a cuidar es la apertura física antes de abrir la conversación: manos visibles y relajadas, torso orientado hacia la otra persona, un tono de voz que no sube al final de la frase como si estuviera dictando sentencia. También el ritmo. Hablar deprisa, sin pausas, transmite urgencia o nerviosismo, y la otra persona lo capta aunque el contenido sea razonable.
Hay una diferencia clara entre decir «las últimas entregas han llegado tarde» con voz firme y calmada, sosteniendo la mirada sin desafiar, y decir exactamente lo mismo con los ojos clavados en el teclado y los brazos cruzados. Las palabras son idénticas. El mensaje que llega no lo es.
También cuido la congruencia en sentido contrario: si estoy dando un reconocimiento positivo, que la cara lo acompañe. Un elogio dicho con expresión neutra, casi de trámite, genera la misma desconfianza que una crítica dicha con sonrisa forzada. El cuerpo tiene que estar contando la misma historia que la boca.
Pedir sin exigir
Pedir algo en el trabajo se juega mucho en la entonación. Una petición con la voz subiendo al final de la frase suena a orden disfrazada de pregunta, aunque las palabras sean correctas. «¿Podrías tenerlo listo para mañana?» dicho con ese tono ascendente y sostenido no deja espacio real para un no, y la otra persona lo nota antes de procesar la frase completa.
Los gestos también pesan. Señalar con el dedo, aunque sea de forma distraída, o invadir el espacio personal acercándose demasiado mientras se pide algo, activa una respuesta defensiva que no tiene nada que ver con el contenido de la petición. Las palmas abiertas, en cambio, un gesto que aparece de forma espontánea en casi cualquier cultura cuando alguien pide ayuda de forma sincera, comunican disposición a escuchar la respuesta, sea la que sea.
He notado también que cuando pido algo desde una postura tensa, con los hombros subidos hacia las orejas, transmito urgencia aunque diga que no hay prisa. La otra persona responde a esa tensión, no a mis palabras tranquilizadoras, y termina sintiendo la petición como más apremiante de lo que yo quería que sonara.
Poner límites sin culpa
Aquí es donde más se nota la incongruencia, porque poner un límite genera incomodidad y esa incomodidad se escapa por el cuerpo aunque la intentemos disimular. La sonrisa nerviosa al decir «no puedo» es la más habitual: sonreímos para suavizar el rechazo, y lo único que conseguimos es que el mensaje llegue confuso, como si el no pudiera negociarse con un poco de insistencia.
Un límite sostenido con congruencia no necesita dureza. Necesita estabilidad: mirada sostenida sin desafío, tono de voz que no sube ni tiembla, cuerpo quieto en vez de moverse o retroceder mientras se habla. Cuando digo «no puedo revisarlo hoy» con el cuerpo firme y la voz calmada, ese límite se sostiene. Cuando lo digo dando un paso atrás, con la voz que se apaga al final de la frase y una sonrisa de disculpa, estoy comunicando que en realidad sí puedo, que solo hace falta insistir un poco más.
Aprender a leer esto, primero en Pincho y después en mí misma, me ha hecho mucho más consciente de cuántas veces mi cuerpo negociaba a mis espaldas un límite que mi cabeza ya había decidido con claridad.
Terminando…
Lo que más me ha quedado de todo lo que he aprendido de Pincho es que la comunicación no verbal no es un adorno de lo que decimos, es buena parte del mensaje real. Podemos escribir el feedback perfecto, la petición mejor formulada, el límite más razonable, y que todo se desmorone porque el cuerpo estaba contando otra historia. La buena noticia es que, igual que se puede aprender a leer estas señales en los demás, se puede aprender a cuidarlas en uno mismo.
¿Alguna vez te has dado cuenta de que decías una cosa con la boca y otra completamente distinta con el cuerpo?
¡Feliz miércoles!