“La conexión es la razón de nuestra existencia. Es lo que da propósito y sentido a nuestras vidas.”
Brené Brown
Hace unos meses me pasó algo que no esperaba. Llevaba días dándole vueltas a una sesión. Sabía lo que quería hacer, pero no encontraba el hilo. Un día, casi sin pensarlo, abrí el chat de IA y escribí lo que tenía en la cabeza. En treinta segundos tenía cinco enfoques diferentes, con estructura, con preguntas para cada fase, con posibles variantes según el contexto.
Me quedé mirando la pantalla un momento. Y pensé: esto, yo nunca lo habría hecho en treinta segundos.
Desde entonces llevo dándole vueltas a algo que me parece importante no ignorar: hay cosas que la IA hace mejor que yo. Reconocerlo no me da miedo. Lo que sí me preocupa es no hacerme la siguiente pregunta: ¿y qué hay que solo puedo hacer yo?
Lo que la IA hace mejor que yo
Procesar información a una velocidad que yo no tengo. Si necesito leer quince artículos, resumir un informe extenso o comparar tres marcos de trabajo para decidir cuál encaja mejor con un equipo en concreto, la IA lo hace en el tiempo que yo tardo en hacerme un café. Esa capacidad de síntesis rápida, sin cansancio y sin el sesgo emocional del momento, es algo que no puedo igualar. Y cuando lo intento, pierdo tiempo que podría invertir en lo que de verdad importa: estar con las personas.
Estar disponible, siempre y sin desgaste (bueno, salvo que te quedes sin tokens, que entonces se corta en seco y eso sí que no lo hago yo). Hay semanas en que termino una jornada de facilitación completamente vaciada. He estado horas con un equipo, cargando su tensión, sus silencios incómodos, sus conflictos sin resolver. Eso tiene un coste real. La IA no se va a casa agotada. No tiene un día difícil. No llega a una conversación arrastrando el peso de la reunión anterior. Esa consistencia emocional, que yo a veces desearía tener, es una ventaja objetiva que vale la pena reconocer sin culpa.
Romper el bloqueo de la página en blanco. Como Agile Coach, creo estructuras, diseño talleres, escribo preguntas potentes. Y hay momentos en que me quedo paralizada frente a un folio vacío. La IA no se bloquea. Me da un punto de partida, me ayuda a ver lo que no estoy viendo. Eso no significa que el resultado final sea suyo; significa que me libera del momento de parálisis para que yo pueda aportar el juicio, el contexto y la experiencia que ella no tiene.
Lo que nunca hará
Pero hay otro lado de esta conversación que me parece más importante aún.
Leer la sala. Entro a una reunión y sé, antes de que alguien abra la boca, que algo ha pasado. Lo noto en cómo se sientan, en quién mira a quién, en el tono de los mensajes del canal antes del taller. Hay incluso una disciplina para esto: la psicogeografía, que estudia cómo las personas ocupan el espacio físico y lo que eso revela sobre la dinámica del grupo. Quién se sienta lejos de la pizarra, quién busca la silla más cercana a la puerta, quién se pone al lado de quién. Eso no es intuición mágica, son años de observación acumulada. La IA puede analizar datos, pero no puede percibir la atmósfera de un equipo que acaba de tener una conversación difícil en el pasillo antes de que empieces tú. Esa lectura del contexto en tiempo real es insustituible, y es una de las cosas más valiosas que puedo ofrecer.
Sostener la incomodidad sin saltar a solucionarla. Hay momentos en los que lo más poderoso que puede hacer un coach es no hacer nada. Quedarse en silencio. Dejar que la pregunta incómoda resuene. Aguantar el espacio cuando el equipo está al borde de algo importante y necesita tiempo para llegar solo a sus conclusiones. La IA está entrenada para responder, para generar contenido, para rellenar el espacio. Yo estoy entrenada para hacer exactamente lo contrario cuando la situación lo pide. Y esa diferencia importa más de lo que parece.
Ser ella misma, con experiencias vividas buenas y malas. La IA no ha vivido el fracaso de un sprint que se fue al traste. No ha sentido la frustración de facilitar una retrospectiva que no llevó a ningún cambio real. Pero tampoco ha vivido la satisfacción de ver a un equipo roto reconectar, o ese momento en que alguien dice en voz alta lo que todos pensaban y algo cambia. Yo sí. Y esa experiencia acumulada, con sus errores y sus celebraciones, es lo que da credibilidad a lo que hago. Cuando digo “a mí también me ha pasado”, eso conecta. La IA puede imitar ese lenguaje, pero no puede vivir lo que hay detrás de él.
Terminando…
No creo que la pregunta sea “¿la IA va a reemplazarme?”. Creo que la pregunta real es otra: ¿en qué estoy invirtiendo mi energía que la IA podría hacer igual o mejor que yo? Porque ese tiempo y esa energía podrían estar en lo que solo yo puedo hacer.
Reconocer las fortalezas de la IA no me quita valor. Me obliga a ser más honesta sobre dónde está el mío.
¿Y tú? ¿En qué cosas has notado que la IA te supera? ¿Y qué hay en tu trabajo que sientes que es genuinamente tuyo?
¡Feliz miércoles!