Por qué es importante dar nombre a las emociones

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“A veces evitamos reconocer que tenemos sentimientos negativos y buscamos otras palabras para definirlos”

María Morales

Desde que estudié el master de Coaching, PNL e IE, he sido muy consciente de la importancia de saber qué emociones tengo, pero sobre todo saber darle nombres, para poder aceptarlas, pasarlas, etc.

Cuando te preguntan en general, ¿cómo estás? ¿Qué sueles contestar? Yo generalmente “bien” o “normal” “sin más”. Es decir, me refiero a respuestas con, a priori, poca información, pero detrás de ese “bien”, hay muchísima información que, aunque no queramos contestar a los demás, es conveniente que nosotros si sepamos saber qué hay detrás de ese bien.

Es posible que alguna vez te sientas mal y no puedas explicar por qué; aún cuando logres relacionarlo con una conversación o un hecho, continúas sin saber exactamente qué te ocurre, ¿no os pasa?

¿Qué nos produce esa sensación imprecisa?

Esto ocurre por el mecanismo instintivo de protección emocional (el mismo que nos protege ante tragedias que parecen insuperables) que evita asociarnos con términos que consideramos desagradables o inapropiados: ira, envidia, odio, frustración, vergüenza, arrepentimiento y celos son los más comunes.

Es como si pensáramos que una vez admitidos (aunque sea mentalmente) la sociedad nos «etiquetará» para toda la vida cuando en realidad nos hará más fácil trabajar en su modificación.

También tiene mucho que ver que realmente no sabemos qué sentimos, no sabemos qué nombre ponerle a esa emoción, por lo que es difícil asociar esa emoción a un nombre, y por ello llegar a entender el por qué sentimos eso.

Si intentamos evadir las emociones, ya sea por falta de conocimiento sobre las emociones, sobre su gestión o porque no queremos sentirlas, podemos terminar bloqueándolas y sustituyéndolas inconscientemente por un «no siento nada». Esto puede conducir a estados muy insanos para nuestro cuerpo/mente.

Clasificar las emociones no es fácil porque podemos sentir una diversidad de ellas ante la misma situación, independientemente de que sepamos clasificarlas o no. Por ejemplo: una persona se gradúa con honores y pudiera sentir orgullo por recibir un premio; temor porque debe decir unas palabras frente a un grupo; tristeza por haber muerto un ser querido con quien le hubiera gustado compartir ese momento y nostalgia por la etapa que deja atrás para siempre.

Sin embargo, una vez que sea capaz de distinguirlas tendrá la posibilidad de darle un sentido positivo a ese conjunto, algo así como: «feliz porque alcanzó una meta, satisfacción por poder dedicarle el premio al ser querido y entusiasmo por la nueva vida que comienza». Sin dudas, le será más fácil lidiar con el temor. De otra forma lo que sentimos es confusión.

Por supuesto que es normal sentir nostalgia, tristeza, enfado, y no solo que sea normal, hay que sentirlas, dejarlas salir, no evadirlas, lo que no es normal o sano es no saber identificarlas, ponerlas nombre, porque esto nos llevará a una confusión y no saber gestionarlas.

¿Cuántas veces no guardamos un mal recuerdo de un día que debió ser feliz? Dicho de otra manera, aunque no tenemos control sobre nuestras emociones, sí las podemos encauzar.

El dominio de estrategias que mejoren nuestro sistema de acción-reacción va mucho más allá de una sensación de mayor o menor bienestar. La mayoría de las personas violentas ocultan una frustración que desencadena su ira.

Si es capaz a tiempo de identificar su frustración, le será más fácil controlar su ira y con ello la violencia.

Antiguamente este tipo de emociones se relacionaban a conceptos imprecisos como «remordimiento» o «cargo de conciencia» contra los que no había nada que hacer. Hoy gracias a la ciencia y a los avances tecnológicos disponemos de muchas herramientas para la conducta que ayudan a «optimizarnos» como individuos y como sociedad.

Este post hoy tiene un por qué. Del bullet journal del año pasado al de este año, una de las mejoras que he hecho es aumentar las diferentes emociones que podría sentir. El año pasado solo tenía bien, normal, enfadada, normal. Este año que he empezado uno nuevo, he tenido la necesidad de identificar más emociones, nerviosa, triste, feliz, normal, enfadada, estresada, motivada o desmotivada…

Y alguno más. A raíz de este cambio, he visto la necesidad de escribir este post, en primer lugar, para intentar haceros reflexionar y auto concienciarnos del problema que tenemos en la sociedad a día de hoy,  y en segundo lugar, porque quería, más adelante, aportaros unas cartas de emociones, para aprender a identificar y dar nombre a nuestras emociones, muy útiles, que nos pueden ayudar en nuestro día a día, hijos, dinámicas en la empresa…

Y esto es porque la importancia de saber identificar las propias emociones es parte esencial del desarrollo de la inteligencia emocional. Durante el primer, quizá segundo año tras hacer el master, no era tan consciente, pero a medida que crezco, maduro, experimento nuevas sensaciones, situaciones, etc., he vito esta gran necesidad de saber qué me pasa, cuál es la causa para saber gestionarlas de manera adecuada. Y aun sabiéndolo, ha habido épocas, que me ha sido bastante difícil llevarlo a cabo.

Muchos adultos tienen dificultad para identificar sus propias emociones, para ponerles nombre y expresar con palabras lo que están experimentando. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta que en nuestra infancia, la comunicación emocional ha sido muy limitada, generalmente.

El primer paso es aprender nosotros mismos a identificar nuestras emociones y poder ponerles palabras para, así, poder enseñar a nuestros hijos a identificar y nombrar las suyas. Es por ello que quiero aportar a la comunidad estas cartas emocionales.

Si nos preguntamos cuáles son las emociones primarias del ser humano, a muchos de nosotros nos costaría enumerarlas. Las emociones primarias son la ira, la alegría, el miedo y la tristeza. En principio parecen fáciles de identificar, aunque no suelen experimentarse de manera aislada.

Terminando…

La inteligencia emocional es una de las asignaturas pendientes de nuestra cultura. En el ámbito familiar, en el escolar, en el profesional, el conocimiento de las propias emociones y de las de los demás es algo que tenemos poco trabajado.

Esta falta de conocimiento y conciencia de las propias emociones es fuente de mucho malestar, pues dificulta nuestro autoconocimiento, la gestión de nuestras emociones y puede sumirnos en una tremenda confusión.

La inteligencia emocional hace referencia al conjunto de habilidades psicológicas que permiten apreciar y expresar de manera equilibrada nuestras propias emociones, entender las de los demás, y utilizar esta información para guiar nuestra forma de pensar y de actuar.

Según Mayer y Salovey, “la inteligencia emocional incluye la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar la emoción; la habilidad de acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan pensamientos; la habilidad de comprender la emoción y el conocimiento emocional; y la habilidad para regular las emociones para promover crecimiento emocional e intelectual”.

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