El desprecio en las reuniones: la emoción que nadie nombra y que destruye equipos

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«El desprecio es ácido sulfúrico para el amor.»

— John Gottman

Hay un gesto que he visto en decenas de reuniones y que casi nunca se nombra: alguien pone los ojos en blanco mientras otra persona habla, suspira antes de responder, o dice «bueno, obviamente» con un tono que deja claro que la pregunta no merecía hacerse. Nadie escribe eso en el acta. Nadie lo pone como punto en la retrospectiva. Y sin embargo, ese gesto suele pesar más que cualquier desacuerdo técnico que sí se discutió abiertamente.

Ese gesto tiene nombre, y la psicología lleva décadas estudiándolo: es el desprecio, y según la investigación de John Gottman, es la emoción más destructiva que puede aparecer en una relación, sea de pareja o de equipo.

Qué es el desprecio, según la investigación

John Gottman es conocido sobre todo por su trabajo con parejas, donde identificó cuatro patrones de comunicación, a los que llamó «los cuatro jinetes del apocalipsis», que predicen con una precisión asombrosa el deterioro de una relación: la crítica, la actitud defensiva, el silencio como muro, y el desprecio. De los cuatro, el desprecio es el que Gottman señala como el predictor más fuerte de ruptura, el que con más frecuencia indica que una relación ha pasado un punto del que cuesta mucho volver.

Lo que distingue al desprecio de las otras tres emociones es el mensaje de fondo. La crítica dice «esto que hiciste está mal». El desprecio dice «tú vales menos que yo». Se expresa con sarcasmo, con burla, con esa mirada que comunica superioridad sin necesidad de pronunciar una sola palabra hostil. Y precisamente porque no siempre necesita palabras, es la emoción más fácil de colar en un entorno profesional donde levantar la voz está mal visto, pero poner los ojos en blanco parece inofensivo.

Por qué es distinto al enfado o al desacuerdo

Es habitual confundir el desprecio con el conflicto abierto, pero son cosas casi opuestas. Un desacuerdo sobre una decisión técnica, expresado con firmeza, sigue centrado en el problema. El desprecio se ha desplazado del problema a la persona. Ya no se discute si una propuesta es buena o mala, se transmite que quien la ha hecho no merece ser tomada en serio.

Esto es parte de lo que lo hace tan dañino en un equipo: no dejas de tratar el tema, dejas de tratar a la persona. Y hay evidencia de que ese desplazamiento tiene consecuencias medibles, no solo en cómo se siente la gente. Estudios sobre comunicación tóxica en entornos laborales han encontrado que la comunicación desdeñosa por parte de quien lidera es uno de los predictores más fuertes de desconexión, problemas de salud y rotación entre empleados, y que recibir mensajes con desprecio afecta directamente al rendimiento, sobre todo en personas que ya parten de una base de bajo desempeño o de mayor sensibilidad al rechazo.

Cómo se cuela en las reuniones de equipo

En mi experiencia, el desprecio rara vez llega en su forma más obvia. No suele ser un insulto directo, eso sería fácil de señalar y de corregir. Llega en formas mucho más resbaladizas: el «ya, bueno, como decía yo» que ningunea lo que acaba de aportar otra persona, el tono ligeramente exagerado al repetir la idea de alguien para dejar claro lo absurda que parece, la risa corta que se le escapa a alguien cuando otra persona plantea una duda, el silencio helado con el que se recibe una propuesta sin dar ninguna razón.

Lo más peligroso de estas formas sutiles es que quien las recibe rara vez puede señalarlas sin sonar exagerada. «Me ha puesto los ojos en blanco» suena a queja pequeña, aunque el efecto acumulado, reunión tras reunión, sea real y medible en cómo esa persona deja de proponer, de participar, de arriesgarse en voz alta.

También aparece en versiones más institucionalizadas, casi invisibles porque se han normalizado con el tiempo: la persona a la que nunca se le pregunta su opinión aunque lleve más tiempo en el equipo que nadie, las ideas que se ignoran cuando las dice una persona y se celebran cuando las repite otra con más peso jerárquico, los chistes recurrentes sobre lo despistada que es alguien que en realidad lleva meses acumulando un cansancio real. Ninguno de estos gestos por separado parece grave. Juntos, sostenidos en el tiempo, construyen exactamente el mismo mensaje que un desprecio explícito: tú importas menos aquí.

Qué hacer cuando aparece

Nombrarlo con cuidado, sin convertirlo en un juicio moral hacia quien lo hizo, suele ser el primer paso. No se trata de acusar a alguien de despreciar a un compañero, la mayoría de las veces el gesto sale de forma casi automática, sin intención consciente de hacer daño. Se trata de poder decir, en el momento o después, «cuando ha pasado esto, el efecto en la sala ha sido este otro», y dejar que el equipo lo mire de frente en vez de fingir que no ha ocurrido.

Gottman propone, para las relaciones de pareja, construir de forma activa una cultura de aprecio y reconocimiento como antídoto al desprecio, y habla de una proporción de al menos cinco interacciones positivas por cada una negativa para mantener sana una relación. Trasladado a un equipo, esto se parece mucho a cuidar de forma deliberada los reconocimientos explícitos, nombrar en voz alta lo que alguien ha hecho bien, no dar por hecho que el trabajo bueno se nota solo. Un equipo que practica esto con regularidad no se vuelve inmune al desprecio de la noche a la mañana, pero sí construye una base desde la que resulta mucho más difícil que ese gesto se convierta en costumbre.

Terminando…

Casi ningún equipo se rompe por un desacuerdo bien gestionado. Se rompen, poco a poco, por los desprecios pequeños que nadie llegó a nombrar. Aprender a verlos, y a hablar de ellos sin convertir la conversación en un juicio, es probablemente una de las tareas más importantes y menos glamurosas de cualquier persona que facilite o lidere un equipo.

¿Has visto alguna vez ese gesto en una reunión tuya, y qué hiciste, si hiciste algo, cuando pasó?

¡Feliz miércoles!

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