“El ruido es el enemigo de la comprensión.”
Nassim Nicholas Taleb
En muchos talleres, retrospectivas o sesiones de trabajo hay un miedo que aparece cada vez con más frecuencia, aunque no siempre se diga en voz alta:
“Que esto no parezca el típico canta, pinta y colorea”.
Y es un miedo legítimo.
Porque durante años hemos asociado las dinámicas, especialmente en contextos ágiles, a post-its de colores, juegos forzados, energizers eternos y actividades que, vistas desde fuera, parecen más un campamento de verano que un espacio serio de trabajo. El problema no son las dinámicas. El problema es cómo y para qué las usamos.
Elegir bien una dinámica no va de ser original, ni de impresionar, ni de “hacer algo diferente”. Va de servir a un objetivo. Y cuando ese objetivo está claro, el show desaparece solo.
El gran error: empezar por la dinámica
Uno de los errores más comunes es este: “Tengo que hacer una retrospectiva… a ver qué dinámica uso.”
Ese orden es justo el contrario del que necesitamos.
Cuando empezamos por la dinámica:
- Caemos en modas (“esta está muy de LinkedIn”).
- Repetimos recetas sin contexto.
- Forzamos al grupo a jugar a algo que no necesita jugar.
- Y, sobre todo, desconectamos la actividad del propósito real de la sesión.
La dinámica no es el fin. Es el medio.
Antes de elegir cualquier formato, herramienta o actividad, hay una pregunta clave que deberíamos hacernos siempre:
¿Qué quiero que pase al terminar esta sesión?
No “qué quiero hacer”, sino qué quiero que ocurra en las personas, en el equipo o en el sistema.
El objetivo manda (aunque no sea divertido)
Hay objetivos que no son especialmente “divertidos”, pero son profundamente necesarios:
- Sacar a la luz tensiones que nadie se atreve a nombrar.
- Alinear criterios cuando cada uno va por su lado.
- Tomar decisiones incómodas.
- Asumir responsabilidades.
- Parar y pensar, de verdad.
Si el objetivo es ese, una dinámica muy lúdica puede incluso ir en contra. No todo momento requiere risas, movimiento o color.
A veces, la mejor dinámica es:
- Una conversación bien guiada.
- Un silencio incómodo.
- Un espacio de escritura individual.
- Una pregunta potente en el momento adecuado.
Y eso también es facilitar.
No todo son post-its (aunque los post-its no sean el problema)
Los post-its se han convertido en el símbolo de la agilidad superficial. Pero el problema no es usarlos, sino usarlos sin intención.
Un post-it puede servir para:
- Pensar antes de hablar.
- Dar voz a quien suele callar.
- Evitar que dominen siempre las mismas personas.
- Ordenar ideas complejas.
- Externalizar pensamiento.
O puede servir solo para:
- Llenar la pared.
- Hacer una foto bonita.
- Simular participación.
La diferencia no está en el material, sino en el diseño de la sesión.
A veces, una pizarra con tres preguntas bien formuladas genera más impacto que una dinámica complejísima con mil pasos.
Contexto, madurez y momento del equipo
Una dinámica que funciona genial con un equipo puede ser un desastre con otro. Y eso no la convierte en mala dinámica.
Antes de elegir, conviene tener en cuenta:
- Nivel de confianza del equipo: no todo grupo está preparado para dinámicas muy emocionales o muy expuestas.
- Momento vital: no es lo mismo una retrospectiva tras un éxito que después de un conflicto serio.
- Cultura organizativa: hay entornos donde lo lúdico cuesta más, y forzarlo genera rechazo.
- Energía disponible: a veces el equipo llega cansado, saturado o a la defensiva.
Elegir dinámicas sin tener en cuenta esto es como recetar el mismo medicamento a todo el mundo.
Menos fuegos artificiales, más coherencia
Muchas veces creemos que facilitar bien es “hacer muchas cosas”. Y suele ser justo al revés. Una buena sesión:
- Tiene un hilo claro.
- Cada actividad conecta con la anterior.
- Las personas entienden por qué están haciendo lo que hacen.
- No necesita ser espectacular para ser efectiva.
De hecho, cuando alguien sale diciendo: “No ha sido nada raro, pero ha sido muy útil”
probablemente has hecho un gran trabajo.
La coherencia genera seguridad. Y la seguridad genera participación real.
Explicar el para qué (y no pedir permiso para jugar)
Una de las claves para no caer en el show es explicar el propósito de cada dinámica, sin justificarse en exceso.
No hace falta decir: “Sé que esto parece un juego, pero…”
Basta con algo como:
- “Vamos a hacer esto para recoger todas las perspectivas antes de debatir.”
- “Este paso nos va a ayudar a bajar el ruido y centrarnos en lo importante.”
- “Necesitamos primero pensar individualmente antes de hablar en grupo.”
Cuando las personas entienden el sentido, la resistencia baja muchísimo. Y cuando no lo entienden… probablemente la dinámica no esté bien elegida
El rol del facilitador: sostener, no animar
Otro punto clave: no somos animadores.
Facilitar no es:
- Estar todo el rato hablando.
- Forzar la participación.
- Llenar silencios por nervios.
- Convertir todo en algo “divertido”.
Facilitar es:
- Sostener el espacio.
- Cuidar el proceso.
- Leer al grupo.
- Intervenir solo cuando aporta valor.
- Saber cuándo parar una dinámica que no está funcionando.
A veces, la mejor decisión es no hacer la dinámica que habías preparado y adaptarte al momento. Eso también es profesionalidad.
Dinámicas con profundidad (aunque sean simples)
Algunas señales de que una dinámica está bien elegida:
- Genera conversaciones que no suelen darse.
- Aparecen temas relevantes, no solo superficiales.
- El equipo se va con mayor claridad que cuando llegó.
- Hay acuerdos, aprendizajes o decisiones concretas.
- No necesitas “venderla” después.
Y sí, muchas de esas dinámicas son simples. Muy simples.
La profundidad no está en la complejidad del formato, sino en la calidad de las preguntas y en la intención con la que se facilitan.
Terminando…
Elegir dinámicas sin caer en el show implica cambiar el foco:
- De la dinámica al objetivo.
- Del efecto visual al impacto real.
- Del “qué hacemos” al “para qué lo hacemos”.
- Del facilitador protagonista al equipo protagonista.
La agilidad no va de post-its, ni de juegos, ni de rituales vacíos. Va de crear espacios donde las personas puedan pensar mejor juntas.

Y para eso, a veces, basta con una buena pregunta en el momento adecuado.
¡Feliz miércoles!
