“El cambio es la única constante en la vida.”
Heráclito
Hay momentos en los que una se detiene, mira lo que ha construido… y se da cuenta de que ya no se reconoce del todo en su propia imagen.
No porque esté mal.
No porque no funcione.
Sino porque ya no cuenta la historia completa.
Eso es lo que me ha pasado con mi logo.
Durante mucho tiempo, mi identidad visual intentó abarcarlo todo: informática, coaching, agilidad, aprendizaje, personas, equipos, emociones, visual thinking… Era coherente con lo que hacía, sí, pero también era excesivamente literal. Demasiadas capas. Demasiadas explicaciones. Poco espacio para respirar.
Y cuando una crece, integrar no siempre significa sumar.
A veces significa quitar.
El problema no era el logo, era el momento vital
No he cambiado el logo porque “tocara un rebranding” ni porque me apeteciera algo más bonito. Lo he cambiado porque yo ya no estaba en el mismo punto que cuando lo creé.
En estos años he recorrido muchos caminos: ingeniería de software, gestión de proyectos, agilidad, coaching, inteligencia emocional, PNL, liderazgo, innovación, transformación digital… Y, sobre todo, he aprendido algo clave: no necesito explicarme tanto para ser entendida.
Mi trabajo ya no va de títulos ni de etiquetas. Va de acompañar procesos, de hacer visible lo invisible, de ayudar a pensar mejor, de facilitar conversaciones, de aprender constantemente. Y eso no se representa bien con un logo que lo quiere decir todo.
Ahí empezó la incomodidad.
De la explicación al gesto
El punto de inflexión llegó cuando dejé de preguntarme “qué debería representar mi logo” y empecé a preguntarme:
“¿Qué quiero que se sienta cuando alguien lo vea?”
La respuesta fue clara:
- Cercanía
- Humanidad
- Proceso
- Aprendizaje continuo
- Identidad propia
No símbolos complejos.
No metáforas rebuscadas.
No elementos decorativos sin alma.
Solo mi nombre y un gesto.
El nombre como marca (y como responsabilidad)
Decidir que el logo fuese simplemente María Morales no es un detalle menor. Es una elección consciente.
Cuando tu nombre es el centro:
- no te escondes detrás de una marca abstracta
- no delegas la identidad en un concepto externo
- asumes coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que firmas
Mi nombre es mi marca porque mi trabajo es profundamente personal. No vendo un método cerrado. No vendo recetas. Acompaño procesos reales, con personas reales, en contextos complejos.
Y eso requiere honestidad.
El trazo: imperfecto, humano, en movimiento
El otro elemento del nuevo logo es un trazo hecho a mano. No es recto. No es perfecto. No está ahí para decorar.
Está ahí porque representa exactamente cómo entiendo el aprendizaje y el cambio.
Un trazo:
- empieza en algún punto
- avanza
- a veces se desvía
- a veces duda
- pero sigue
No hay perfección. Hay movimiento. No hay línea recta. Hay recorrido.
Ese trazo conecta con muchas cosas que forman parte de mi día a día: el sketchnoting, la facilitación gráfica, el pensamiento visual, el coaching, la agilidad entendida como adaptación constante. Pero no necesita explicarse. Se intuye.
Y eso, para mí, era importante.
Simplificar no es perder identidad, es afinarla
Durante mucho tiempo pensamos que tener una identidad fuerte es mostrarlo todo. En realidad, suele ser justo lo contrario.
Una identidad sólida:
- sabe qué dejar fuera
- no necesita justificarse
- resiste el paso del tiempo
Este nuevo logo no pretende decir “hago muchas cosas”.
Pretende decir “sé quién soy”.
Y eso me da mucha más tranquilidad que cualquier enumeración de disciplinas.
Un sistema, no un logo único
Otra decisión importante ha sido crear un sistema visual, no una única pieza rígida.
Por un lado, el logo completo con mi nombre y el trazo. Por otro, una versión abreviada: MM, también con el trazo.
Esto no va de estética. Va de coherencia y uso real:
- el MM funciona como avatar, firma, favicon
- el nombre completo acompaña textos, presentaciones, el blog
Misma tipografía.
Mismos colores.
Mismo gesto.
Distintos contextos.
Cerrar una etapa para abrir otra
Este cambio de logo no marca un “antes y después” radical. No borra lo anterior. Lo integra.
Todo lo que he sido y aprendido sigue ahí. Simplemente ahora está ordenado de otra forma. Más simple. Más honesta. Más alineada con el momento en el que estoy.
Porque al final, una marca personal no es un escaparate.
Es un reflejo.
Y cuando el reflejo deja de coincidir con quién eres, toca ajustar.
No es solo un logo nuevo
No es solo una imagen distinta en la cabecera del blog.
Es una forma más clara de presentarme.
Con menos ruido.
Con más intención.
Con un gesto que acompaña, no que impone.
Y, sobre todo, con la sensación de que ahora sí, cuando alguien vea mi nombre, me estará viendo un poco más a mí.
Y aquí están los nuevos logos, no esperéis gran cosa, pero para mi lo es, también los pensé y diseñé yo misma acorde con el blog =) :










Próximos pasos: ir integrándolo en mis trabajos, cambiarlo en la web y empezar a usarlo más
¡Feliz miércoles!
